Buenas prácticas atencionales en las reuniones de trabajo

A veces me pasa que ando sin mi celular encima pero mi mano no se entera y va a buscarlo al bolsillo. Cuando llega y no lo encuentra, durante un micromomento experimento una suerte de pánico de baja intensidad, que se disipa rápidamente cuando logro poner la situación en su contexto, “de veras que lo dejé cargando”, y sigo con lo que estaba haciendo, un con miembro fantasma en mi bolsillo derecho.

(sí, siempre el derecho… uno tiene sus rutinas).

Este fenómeno es ilustrativo de lo imbricados que estamos con estos dispositivos. A partir de su uso reiterativo en nuestro cotidiano, hemos generado patrones de hábitos que dan cuenta de un vínculo libidinal, diverso en cualidad e intensidad para cada uno de nosotros. A estas alturas es una escena natural: en la fila del almacén, dentro del auto en el semáforo, en una reunión aburrida, paseando al perro, sentado en el baño, en todos estos y muchos otros contextos se presenta el mismo impulso de ir a revisar el rectángulo luminoso, nuestra caja skineriana portátil.

Esto no debiese sorprender a nadie. Si bien hace una década era novedosa, hoy en día es más o menos parte del repertorio común de representaciones sociales la máxima que reza “si no estás pagando por la aplicación, no eres el cliente, eres el producto”. Esto nos ayuda a entender por qué esta relación tan intensa que tenemos con estos dispositivos no se debe a alguna especie de falla moral del ser humano, sino que a que las aplicaciones más utilizadas, aquellas con feeds algorítmos como TikTok, Twitter e Instagram, invierten millones de dólares en optimizar la captura atencional del usuario.

En fin, como digo, esto es algo conocido. Ahora escribo porque quiero contarles sobre una experiencia bien concreta en donde intencionalmente buscamos interrumpir este circuito en una reunión de trabajo, cómo lo hicimos, y qué pasó.

Mantener las manos ocupadas

En Grupo Educativo, antes del cierre de actividades de febrero, tenemos la costumbre de hacer una jornada de trabajo para evaluar el año y proyectar lo que viene. Esta vez, el equipo que la organizó hizo una “caja de la concentración” en donde debíamos depositar los ladrillos que la consumen. Después de una breve y sabrosa sesión de mindfulness, se nos invitó a dejar nuestros celulares en esa gran caja de cartón corrugado.

Afortunadamente, las personas que organizaron esta emboscada tuvieron la gentileza de ofrecernos alternativas para llenar el forado subjetivo que generaban en nuestros bolsillos. Todas las mesas estaban forradas en papel y tenían distintos tipos de lápices de colores y plasticinas. No hubo ninguna indicación sobre los materiales, pero pasó esto:

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Mientras era testigo del despliegue de esta colonización artística del espacio laboral, me acordé de este excelente artículo en donde se explica, desde el encuadre de la cognición 4E, por qué el tejido y otro tipo de actividades manuales nos ayudan a estar concentrados. Les recomiendo revisar el enlace, ya que lo explica mucho mejor, pero en resumen, este acercamiento a la cognición ofrece un modelo alternativo al paradigma clásico cognitivista en la medida que propone que la mente no es equivalente al cerebro o algún tipo de efecto o subproducto de este órgano en específico, sino que es un fenómeno que trasciende los límites del cráneo e involucra constitutivamente al cuerpo, el espacio, el accionar y todas las herramientas que están a nuestra disposición. 4E, de hecho, es una forma abreviada de decir que la cognición es “embodied, embedded, extended y enacted”.

(Interrumpo brevemente el hilo del relato para agregar una leve dosis de chovinismo intelectual: uno de los artífices más importantes a la generación de este modelo de cognición fueron nuestros queridos Humberto Maturana y Francisco Varela).

La evidencia anecdótica que recabé luego de este experimento natural fue que los participantes sintieron que estuvieron mucho más concentrados y que, en su mayoría, agradecieron la oportunidad de estar separados de sus pequeños sumideros atencionales. En este sentido, lo que nos pasó no es muy distinto a lo que se reporta en los colegios y liceos después de establecer regulaciones o prohibiciones de uso de celulares: si bien no es algo que de entrada se reciba con brazos abiertos, la experiencia deja contentos a la gran mayoría por sus efectos positivos en términos de recuperación de libertad atencional y las nuevas posibilidades de agencia que se abren a propósito de ella.

Toda la experiencia es un buen ejemplo del concepto de Agencia situacional, en el sentido de que reconocemos que funcionalmente no estamos separados de nuestros entornos, pero que podemos tomar cartas en el asunto para configurarlos de formas que estén alienados a los fines que nos parezcan pertinentes. Haciendo una reducción al absurdo, esperar que nos concentremos e involucremos profundamente en una reunión con el celular a mano es como esperar que un alcohólico logre evitar beber teniendo alcohol sobre la mesa: no es un contexto propicio para el éxito.

He escrito sobre la importancia de cuidar nuestras mentes tal como cuidamos de nuestros cuerpos, y me parece que un principio importante para lograrlo es procurar tener un sano equilibrio entre el consumo y la producción cognitiva. En este caso, lo que vi al terminar la jornada me suscitó un efecto ambivalente: ternura por las pequeñas creaciones espontáneas de mis compañeros/as de trabajo y pena por cómo los celulares obturan el espacio que requieren para emerger.

A propósito de estos resultados, con varios de nuestros compañeros consideramos la posibidad de experimentar con esta estrategia en nuestras reuniones cotidianas, a ver qué sucede. También, me hizo pensar lo siguiente: si como organización vinculada al ámbito educativo nos parece buena idea implementar estas medidas en primaria y secundaria… ¿qué argumentos tenemos para no aplicarlo en nuestra propia organización? ¿tenemos una buena excusa?

A mi me parece que no.