En el colegio jugué rugby, y una de las cosas que “me llevé” para la vida fue una enseñanza sobre el trabajo en equipo.
La escena fue así: estábamos jugando un partido de entrenamiento y yo estaba muy frustrado con un compañero de equipo porque se equivocaba una y otra vez de manera –amerita decirlo– evidentemente estúpida. En una de esas oportunidades, me molesté tanto que me quejé en voz alta y me desconecté momentáneamente del juego. El entrenador tocó el silbato, detuvo la jugada y me dijo muy serio:
“¡Si tu compañero se equivoca, tú vas y lo arreglas! ¡Si tienes algo que decirle, se lo dices después del partido!”
Esta simple declaración movió los engranajes precisos para hacer un gran y misterioso click ético en mi. Me hizo mucho sentido y nunca se me olvidó. Hoy me acordé de esa situación a propósito de una reunión de equipo en la consultora.
Los jefes de proyecto fuimos convocados a una instancia formativa con objetivos específicos vinculados al costeo de propuestas. El tema se prestaba para hablar de varias cosas vinculadas que generaban interés e incluso inquietud en el equipo, en consecuencia, la conversación empezó a complejizarse, enredarse y diverger. En un momento, se hizo evidente que el tiempo pasaba y no lográbamos avanzar en el objetivo principal de la instancia. Hubo personas que, reconociendo que varios de los temas planteados eran relevantes, argumentaban que no se lograrían abordar en una instancia que no fue diseñada para hacerlo, y que intentar lograrlo simplemente diluiría la capacidad de trabajo del equipo. Otros, por su parte, decían: “si no ahora, ¿cuándo?”.
Yo fui de los del primer grupo.
Tomé la palabra para recordarles a los presentes que, hace un par de días, en una jornada de evaluación de otro proyeto, hubo acuerdo en la importancia de reducir la cantidad de reuniones y de hacerlas más efectivas y eficientes. En dicha instancia aparecieron varias sugerencias que habría que posteriormente aterrizar, pero la idea principal fue que el recurso tiempo es limitado, y que las reuniones no pueden transformarse en una bolsa de gatos donde “todo cabe”. Esto, como pasa con varias cosas, es más fácil decirlo que hacerlo: muchas veces la diferencia entre lo necesario y lo accesorio no es clara, o esa distinción no es homogénea para todo el equipo.
Me quedé reflexionando sobre mi posición en general respecto a estas dinámicas en los equipos de trabajo, y me di la paja de escribir todo este artículo para formularla explícitamente. Sí, nerd.
Mi ideal, en relación a estas situaciones, es que exista una cultura de liderazgo en donde siempre haya una persona a cargo de cada reunión y que todo el equipo tenga claro que este sujeto tiene la responsabilidad de balancear el logro los objetivos del proyecto con el bienestar de los miembros del equipo. En virtud de esta responsabilidad, quien detenta este rol también tiene la atribución de tomar decisiones unilateralmente, como por ejemplo, decidir cuando dar por cerrado un tema. En esta representación ideal, los miembros del equipo no se quejan, incluso a pesar de que puedan estar en desacuerdo, y siguen contribuyendo al desarrollo del “partido”. Esto les fluye naturalmente, porque saben que toda observación crítica puede ser mucho más virtuosa si se entrega en privado y de buena fe, en un espacio distinto al de la reunión, y porque saben que si se abren a la confrontación están entropizando la voluntad, atención y capacidad de trabajo del equipo.
Creo que esta posición responde a una lectura compleja —en el sentido de las ciencias de la complejidad— de los grupos de trabajo: el que un equipo funcione bien es un emergente que depende de muchos factores entretejidos que no están bajo el control de ninguna persona en particular, muchos de los cuales toma tiempo cultivar. Un grupo de trabajo con reuniones tediosas e inefectivas a la larga genera cinismo y desapego en el equipo. Es por eso que considero que —y digo esto a riesgo de romper el límite del deseo a causa de la cursilería— hay algo de sagrado en esos espacios, en el sentido de cuidarlos no sólo da cuenta de una muestra de respeto a todos los participantes, sino que también en el sentido de que se está construyendo un delicado tejido cultural, similar al del suelo de la selva valdiviana, en donde muchas cosas pueden crecer, en contraste al de un bosque de eucaliptus, en donde no pasa nada muy interesante.